Cuando me llegó la invitación de los 25 miré el mail medio de lado, como sintiendo que no era para mí, es que en mi caso, habían pasado 26 años sin ver a la mayoría de ustedes, ni hablar del cole, los curas o los profes. Le comenté lo de la invitación a la negra, mi mujer, en un tono que denotaba cierta indiferencia, como dando por sentado que no iría. Fue ella quien ayudó a abrir esa parte del pasado que se había cerrado de una manera abrupta, con dolor, con el peso de haber fallado, que por años se había convertido en un abismo. Otras grietas ya se habían cerrado hacía tiempo. Perdí un año, me decía, pero luego entendí que había ganado toda una vida. Una vida de elección, porque desde ese momento ya no tuve que acomodarme al deber ser sino solamente a mi vocación. Luego el paso por la Facultad terminó de desatar nudos y me ayudó a cambiar la imagen que tenía de la vida.
Hoy soy Biólogo por una vocación que se despertó desde muy chico. No perdía un documental de Jaques Cousteau, y al final de mi carrera estaba poniéndome el traje de buceo en Puerto Madryn, estudiando la alimentación de una especie de estrella de mar. Pero como la vida va abriendo caminos y cerrando otros, al cabo de unos años había terminado un doctorado en pastizales de montaña. El tiempo que pasó desde ese biólogo marino hasta ese otro ocupado con los pastizales de altura, estuvo acompañado por mi primera mujer, con quien tuve a mi hija Candelaria (12). De nuevo los caminos se abrieron, quedé acompañado de unas pocas cosas del pasado y una puerta se abrió en la UNSJ, donde hoy sigo trabajando. Pasé varios años viajando, para no dejar a mi hija que no vivía conmigo. Finalmente con mi nueva mujer y mi nuevo hijo (2) nos mudamos definitivamente a San Juan, donde vivimos muy a gusto.
La noche de los 25 estaba nervioso, no sabía con qué me iba a encontrar. Hubo más que un encuentro con viejos compañeros. Sentí un afecto y un bienestar enormes al encontrarme con ustedes. Además, el abismo ya no estaba.
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